Día 9: Escena Onírica
Narra una escena real que tome un sentido onírico hacia el final. Puede
contener diálogo y puede ser en primera o tercera persona. Debe ser verosímil,
entendiendo la verosimilitud como algo que parece verdadero o creíble, aun
cuando no lo es.
Miraba a través de la ventana, como las luces de
Bogotá se desvanecían en la oscuridad de las nubes y la noche, mientras el vuelo
tomaba altura. Era mi primera vez en París y la semana anterior no había podido conciliar el sueño por la
ansiedad que me producía el viaje. Llevaba planeando durante años mi partida y había hecho todos los arreglos
necesarios para mi llegada. Tenía más ilusiones que ropa en la maleta. Había
trabajado los últimos años dictando cátedras de español en pequeñas escuelas
mal pagas, para ahorrar y huir del país de los sueños rotos. “Paso
migración, salgo del aeropuerto y tomo el metro directo hacia Latin Quarter,” pensé
durante todo el vuelo. No llevaba mucho equipaje, lo suficiente para empezar y
no morir en el intento. Cuando el avión aterrizo mi corazón empezó a palpitar como si estuviera
a punto de lanzarme al vacío, salí y subí directo al bus que me llevaba hasta el
terminal. Durante el recorrido miraba fijamente el cielo, las personas, los
aviones y jugaba a grabar cada detalle en mi memoria para no olvidar mi heroico
momento. Era una mañana bastante gris, digna de una primavera de película, los
ríos de gente se extendían por todo el aeropuerto pero la mayoría de miradas se
perdían en el horizonte.
-Quel est le but de ton voyage?- Me preguntó con una expresión fuerte y un acento
marcado.
-Soy escritora y vengo a hacer una maestría en literatura- le dije en un francés ahogado y tembloroso, mientras le mostraba mis papeles de admisión al agente de migración, a través de la ventanilla.
Después de un largo rato y un sello corrido por la tinta y mal puesto en mi pasaporte, logré tomar mi maleta y salir hacia la cuidad. Me senté en el tren con mi equipaje entre las piernas y me sentí pequeña, indefensa y latinoamericana. Recosté mi cabeza contra el vidrio esperando con ansias el primer ladrillo reconocible de cuidad, pero el verde se extendía más allá de lo pensado. Se extendía tanto que parecía estar saliendo del aeropuerto de Barcelona. Cuando vi las primeras casas, el clima parecía ser otro, como si el verano se hubiera adelantado en un par de horas y el calor del sol calentara con intensidad el día . “Esto parece el sur de España” pensé .Pero después recordé que nunca había viajado a España “¿Estoy en Paris? me pregunté con nervios y luego recordé que no hablaba francés. El tren seguía avanzando a través de la planicie verde de pequeñas casas y entonces recordé que nunca había sido profesora de español, y realidad aún no era escritora. Mis lagrimas empezaron a caer sobre la maleta cuando me percate que aún no había huido (como si fuera una condena) del país de los sueños rotos.
-Soy escritora y vengo a hacer una maestría en literatura- le dije en un francés ahogado y tembloroso, mientras le mostraba mis papeles de admisión al agente de migración, a través de la ventanilla.
Después de un largo rato y un sello corrido por la tinta y mal puesto en mi pasaporte, logré tomar mi maleta y salir hacia la cuidad. Me senté en el tren con mi equipaje entre las piernas y me sentí pequeña, indefensa y latinoamericana. Recosté mi cabeza contra el vidrio esperando con ansias el primer ladrillo reconocible de cuidad, pero el verde se extendía más allá de lo pensado. Se extendía tanto que parecía estar saliendo del aeropuerto de Barcelona. Cuando vi las primeras casas, el clima parecía ser otro, como si el verano se hubiera adelantado en un par de horas y el calor del sol calentara con intensidad el día . “Esto parece el sur de España” pensé .Pero después recordé que nunca había viajado a España “¿Estoy en Paris? me pregunté con nervios y luego recordé que no hablaba francés. El tren seguía avanzando a través de la planicie verde de pequeñas casas y entonces recordé que nunca había sido profesora de español, y realidad aún no era escritora. Mis lagrimas empezaron a caer sobre la maleta cuando me percate que aún no había huido (como si fuera una condena) del país de los sueños rotos.
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