-Soy escritora y vengo a hacer una maestría en literatura- le dije en un francés ahogado y tembloroso, mientras le mostraba mis papeles de admisión al agente de migración, a través de la ventanilla.
Después de un largo rato y un sello corrido por la tinta y mal puesto en mi pasaporte, logré tomar mi maleta y salir hacia la cuidad. Me senté en el tren con mi equipaje entre las piernas y me sentí pequeña, indefensa y latinoamericana. Recosté mi cabeza contra el vidrio esperando con ansias el primer ladrillo reconocible de cuidad, pero el verde se extendía más allá de lo pensado. Se extendía tanto que parecía estar saliendo del aeropuerto de Barcelona. Cuando vi las primeras casas, el clima parecía ser otro, como si el verano se hubiera adelantado en un par de horas y el calor del sol calentara con intensidad el día . “Esto parece el sur de España” pensé .Pero después recordé que nunca había viajado a España “¿Estoy en Paris? me pregunté con nervios y luego recordé que no hablaba francés. El tren seguía avanzando a través de la planicie verde de pequeñas casas y entonces recordé que nunca había sido profesora de español, y realidad aún no era escritora. Mis lagrimas empezaron a caer sobre la maleta cuando me percate que aún no había huido (como si fuera una condena) del país de los sueños rotos.