viernes, 10 de enero de 2020

La vida color Rosi

Llegué a la madrugada a su casa, a la hora en que las vagabundas piden posada  y aún así me recibió con una sonrisa. Entré y el cuarto olía a incienso de coco, como si estuviera esperando toda la noche mi llegada, sin embargo me acosté en su cama buscando otro aroma, uno que me enloquecía más. Se acercó a mí y me dio un abrazo apretando de manera tierna su cuerpo contra el mío, haciéndome sentir que no había nada más en el mundo que él en ese momento.  Me desnudó: me hizo, le hice, nos hicimos, y nos volvimos a re-hacer; llegamos, nos alcanzamos y terminamos. Al final de la madrugada me dio un beso en la frente y me dijo: -Compré chocapics para que desayunés- Pero en el fondo yo sabía que me decía a su manera: "Quedaté conmigo el resto del domingo ".

Llegué a ese a mismo cuarto unas semanas atrás sin ningún tipo interés, a veces me gusta pensar que el destino quería ponerme allí como lienzo en blanco, y muchas veces le había advertido que no le convenía que me enredara en sus sábanas. Jamás tuve expectativas, solo dejé que fluyera y sin forzar nada ¡fluyó! como riachuelo de agua cristalina, pequeño pero con una fuerza y una claridad incontrolable. Esa madrugada me había esperado porque era la primera vez que aceptaba amanecer con él, me lo había propuesto ya en varias ocasiones pero yo como siempre me había negado. Llegué como una cualquiera después de una noche de fiesta, al mejor estilo que me caracterizaba, sin embargo toda la noche había pensando en él y en cómo llegar corriendo a sus brazos. No por romance, ni tampoco por sexo, era más simple y mucho más bello que eso. 

-Compré chocapics para que desayunés-

Recordé entonces que nuestro  primer beso fue impulsivo, el primer sexo fue agradable, las primeras semanas fueron excitantes; pero esa primera mañana la recordaré por siempre porque fue genuinamente color Rosi.