viernes, 7 de agosto de 2020

Pandora.

Me senté frente a mi ventana una tarde para intentar meditar. Siempre me ha costado mucho trabajo silenciar mi cabeza, pero esa vez cerré los ojos y pude concentrarme con mucha facilidad en mi respiración. Al rededor del apartamento había mucho ruido exterior, pero después de unos minutos logré visualizarme volando por encima de todo el bullicio hasta el árbol más grande del parque. "Subí" hasta su copa más alta y allí me transforme en una hoja. Cuando concentré mi pensamiento en la sensación de existir, mi frente empezó a emitir una serie de ondas que atravesaban mi cráneo y recorrían toda mi espina dorsal. Sentía mi propia existencia como energía que fluía a través de mi cuerpo y esa sensación fue plenitud y suficiencia. Mi forma original se había perdido, existía en la naturaleza simple y permanecía en esa felicidad a-temporal y vacía de pensamiento. Deje de sentir mis dedos como dedos, mis piernas como piernas y mi rostro como rostro. El viento atravesaba mis nervios y mis movimientos se supeditaban a él, escuchaba mis pálpitos y mi sangre como savia recorriendo las venas. La luz del sol calentaba y daba vida, no solo a mí, sino a una  red  de existencias múltiples que se tejían en el infinito. Cuando abrí los ojos, sentí que una luz penetrante y cegadora atravesaba mi cuerpo, me pare entre mareos y tropiezos y corrí directo al baño para vomitar. Durante varias noches deambule entre reflexiones, mientras en el día ocupaba mi tiempo libre leyendo  artículos y escuchando entrevistas que me ayudaran a iluminar mi experiencia. Después de entrelazar muchas ideas, logre llegar a una conclusión:


Descubrí que hay algo cierto en nuestra realidad y es que tenemos la ilusión de creer que somos una identidad individual, un nudo donde converge esta red infinita. Pero en realidad no nos hemos dado cuenta que solo hay vacío y que no existe nada verdaderamente intrínseco y esencial. Cuando comprendemos esta inexistencia esencial del todo, ese vacío fundamental e iluminado, nos acercamos a una pequeña muerte, a una renuncia del yo, uno que nunca ha existido pero que es una carga y una fuente de sufrimiento. Cuando renunciamos a nuestra individualidad percibimos la nada, la luz clara y fundamental de la existencia. Al meditar despertamos de ese sueño de sufrimiento individual y experimentamos esa sensación de la que escapamos todos nuestros días: el vacío y el silencio. Cuando esta sensación cambia y empieza a adquirir voluntad y toma su propio rumbo es cuando percibimos que la naturaleza esencial del todo es el cambio transitorio y vacío. Toda  la vida que creímos real es un sueño. Creemos que nuestra experiencia ante la vida es verdadera y que en consecuencia también lo somos en un caso de identidad errónea. Nuestra vida espiritual no puede pretender llegar a algo porque no es un simple juego que necesitamos ganar.


Es cierto que  el despertar consciente es difícil,  aceptar que el cuerpo es sufrimiento duele, admitir que todo es transitorio desgarra, (vejez, enfermedad y muerte) y reconocer que el tiempo corre, todo desaparece y se desintegra es insoportable. Todo es inútil.  Pero si aceptamos que lo es no necesitamos seguir esperando, porque donde estemos, estaremos bien. Occidente nos convenció por mucho tiempo que lo único que nunca perdemos es la esperanza, lo único que pudo rescatar Pandora de su caja. Pero la esperanza es el peor de nuestros males y nuestra tortura mas grande, y aunque la desesperanza parece algo horrible nunca nos preguntamos cuanto realmente necesitamos de ella como defecto:"espero que vengas “espero que me quieras “espero que me perdones” Nos golpeamos constantemente y nunca dejamos de aferrarnos a ella, cuando realmente debemos dejarla ir y liberarnos de sus cadenas, como una hoja en la copa del árbol que existe en plenitud y suficiencia, y que viaja en esa luz que se extiende en el vacío y en el tiempo.

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