Me senté frente
a mi ventana una tarde para intentar meditar. Siempre me ha costado mucho
trabajo silenciar mi cabeza, pero esa vez cerré
los ojos y pude concentrarme con mucha facilidad en mi respiración. Al rededor
del apartamento había mucho ruido exterior, pero después de unos minutos logré
visualizarme volando por encima de todo el bullicio hasta el árbol más grande
del parque. "Subí" hasta su copa más alta y allí me transforme en una
hoja. Cuando concentré mi
pensamiento en la sensación de existir, mi frente empezó a emitir una serie de
ondas que atravesaban mi cráneo y recorrían toda mi espina dorsal. Sentía mi
propia existencia como energía que fluía a través de mi cuerpo y esa
sensación fue plenitud y suficiencia. Mi forma original se había perdido, existía
en la naturaleza simple y permanecía en esa felicidad a-temporal y vacía
de pensamiento. Deje de sentir mis dedos como dedos, mis piernas como piernas y
mi rostro como rostro. El viento atravesaba mis nervios y mis movimientos se
supeditaban a él, escuchaba mis pálpitos y mi sangre como savia recorriendo las
venas. La luz del sol calentaba y daba vida, no solo a mí, sino a una red de
existencias múltiples que se tejían en el infinito. Cuando abrí los ojos, sentí que una luz penetrante y
cegadora atravesaba mi cuerpo, me pare entre mareos y tropiezos y corrí
directo al baño para vomitar. Durante varias noches deambule entre reflexiones, mientras en el día ocupaba mi tiempo libre leyendo artículos y escuchando entrevistas que me ayudaran
a iluminar mi experiencia. Después de entrelazar muchas ideas, logre llegar a una conclusión:
Descubrí que hay algo cierto en nuestra realidad y es que
tenemos la ilusión de creer que somos una identidad individual, un nudo donde
converge esta red infinita. Pero en realidad no nos hemos dado cuenta que
solo hay vacío y que no existe nada verdaderamente intrínseco y esencial.
Cuando comprendemos esta inexistencia esencial del todo, ese vacío fundamental
e iluminado, nos acercamos a una pequeña muerte, a una renuncia del yo, uno que nunca ha existido pero que
es una carga y una fuente de sufrimiento. Cuando renunciamos a nuestra
individualidad percibimos la nada, la
luz clara y fundamental de la existencia. Al meditar despertamos de ese sueño
de sufrimiento individual y experimentamos esa sensación de la que escapamos
todos nuestros días: el vacío y el silencio. Cuando esta sensación cambia y
empieza a adquirir voluntad y toma su propio rumbo es cuando
percibimos que la naturaleza esencial del todo es el cambio transitorio y
vacío. Toda la vida que creímos real es un sueño. Creemos que nuestra
experiencia ante la vida es verdadera y que en consecuencia también lo somos en un
caso de identidad errónea. Nuestra vida espiritual no puede pretender llegar a
algo porque no es un simple juego que necesitamos ganar.
Es cierto que el despertar
consciente es difícil, aceptar que
el cuerpo es sufrimiento duele, admitir que todo es transitorio desgarra,
(vejez, enfermedad y muerte) y reconocer que el tiempo corre, todo desaparece y
se desintegra es insoportable. Todo es inútil. Pero si aceptamos que lo es no necesitamos
seguir esperando, porque donde estemos, estaremos bien. Occidente nos convenció
por mucho tiempo que lo único que nunca perdemos es la esperanza, lo único que
pudo rescatar Pandora de su caja. Pero la esperanza es el peor de nuestros
males y nuestra tortura mas grande, y aunque la desesperanza parece algo
horrible nunca nos preguntamos cuanto realmente necesitamos de ella como
defecto:"espero
que vengas “espero que me quieras “espero que me perdones” Nos golpeamos
constantemente y nunca dejamos de aferrarnos a ella, cuando realmente debemos
dejarla ir y liberarnos de sus cadenas, como una hoja en la copa del árbol que
existe en plenitud y suficiencia, y que viaja en esa luz que se extiende
en el vacío y en el tiempo.
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